Caine
Salí de su habitación con la mandíbula tan apretada que me dolía. Pero el dolor de mandíbula y demás no era nuevo para mí. Cuando eras el alfa de una manada que invadías y tomabas el control por la fuerza, era inevitable que hubiera idiotas inútiles que pusieran a prueba tu paciencia hasta el punto de que apretar las mandíbulas era la única solución que se te ocurría. Lo que no era normal era cómo se me aceleraba el corazón y cuánto me hormigueaba la piel solo por estar en la misma habitación con alguien a quien jurabas odiar.
Ahí estaba el problema.
No aminoré el paso hasta que el pasillo se ensanchó, hasta que las puertas que nos separaban volvieron a ser sólidas e impersonales. No miré atrás. No me permití el lujo de convertir ese momento en algo que no era.
No había sido nada, tenía que serlo, pero por alguna extraña razón, repetírmelo una y otra vez no ayudó en nada. De hecho, solo empeoró las cosas.
Para cuando llegué a mis aposentos, ya me temblaban las manos. Siendo sin