Reina
En el momento en que Caine me arrastró al salón de ceremonias, el silencio se abrió como una herida. Antes, solía pensar que el silencio y la quietud significaban paz y que solo podían surgir cosas buenas. Pero con tantas veces que había experimentado el lado malo del silencio, me gustaba pensar que mi perspectiva había cambiado, y para peor.
No tenía ni idea de qué me esperaba cuando Caine me empujó hacia el gran salón, pero créeme cuando te digo que yo tampoco lo vi venir.
Cientos de ojos se volvieron hacia mí, y nunca había deseado tanto que la tierra se abriera y me tragara como ahora.
Debía de parecer salvaje, descalza, sangrando y apenas vestida con la fina ropa interior que se me pegaba a la piel. Tenía el pelo enredado por la caída y el tobillo me palpitaba a cada paso. Mantuve la barbilla baja, pero no importaba. Sentí sus miradas como el calor demasiado cerca de la llama, y no era nada agradable. Para nada.
Si a Caine le molestaban en lo más mínimo las miradas que reci