Caine
Los pasillos del palacio se desdibujaban a mi alrededor entre rayos de piedra, antorchas y furia. Una furia al rojo vivo que parecía tener como único objetivo quemar lo que quedaba de mis órganos tras la persecución improvisada. Me ardía el pecho por el cambio, una fina línea de sangre se secaba donde una rama me había abierto la piel, pero apenas la sentía.
La rabia que sentía era más intensa y aguda, y a mi pequeña parte retorcida no le importaría un chivo expiatorio ahora mismo, para medir mi furia. Devoraba las fronteras de mis pensamientos hasta que todo en mi interior era solo rojo y ruido.
Intenté bloquearlo, pero ese pensamiento se negaba a desaparecer. Ella huyó. Huyó de mí.
No de los guardias, ni de la celda, sino de mí. De mí.
Apreté los puños con tanta fuerza que me crujieron los nudillos. Debería haber matado al guardia en cuanto lo olí alejarse de su puerta, pero había estado demasiado concentrado en sus latidos. Demasiado concentrado en el sonido de sus tropiezos