Eryndra apenas durmió durante la noche. Aunque el colchón era suave y acogedor, aquellos ojos grises no la dejaban en paz. Cuando por fin logró conciliar el sueño, la habitación se iluminó de repente, arrancándola de su descanso.
—Buenos días, milady.
Eryndra parpadeó y luego entrecerró los ojos.
—¿Lady Kayara?
—Solo Kayara, o... Yara —dijo mientras se sentaba en la cama y daba unas suaves palmadas en el muslo de Eryndra—. Es tu primer día como la mujer del príncipe. Hoy seré tu dama de