Theron irrumpió de nuevo en sus aposentos, con el cuerpo ardiendo y la cabeza amenazando con partirse en dos.
El vínculo le hacía sangrar en algún lugar del pecho y, por un momento, se arrepintió de haber roto el hechizo. La escena no dejaba de repetirse.
Aquella noche en la cueva, cuando sus cuerpos ardían juntos. El suave gemido que escapaba de ella mientras él se movía con una delicadeza poco habitual. Había sido tierno, un contraste total con la forma en que normalmente trataba a las mujere