Su pierna golpeó sin piedad el abdomen de Paula, y después de que esta cayera en la habitación oscura, Valeria agarró el pomo y cerró con fuerza la puerta.
—¡No! ¡Aléjense! ¡Váyanse…
Pronto, Valeria, de pie frente a la puerta, empezó a escuchar desde dentro varios jadeos, junto con los gritos de Paula.
Poco a poco, los gritos de Paula cesaron, transformándose en gemidos de dolor mezclados con placer, entrelazándose con los jadeos de los otros hombres.
Valeria escuchaba en silencio, en su linda c