—Un café frío, —dijo Mauricio con voz suave—, gracias
—De nada.
Cuando la azafata se alejó, pensaba para sí misma lo apuesto que era ese hombre, ¡incluso más que en las noticias! No parecía tener treinta y siete años.
Poco después, le trajeron su café frío, pero al entregarlo, su mano tembló y derramó algo de café sobre la camisa blanca de Mauricio, dejando una mancha húmeda.
—Lo siento mucho, señor.
Se disculpó apresuradamente la azafata, agachándose con una toalla de papel para limpiar la manc