Valeria se sentó junto a Mauricio, esperó a que él extendiera su mano derecha y comenzó a desatar su corbata con movimientos circulares.
Vio que toda la palma de su mano estaba cubierta de sangre seca.
La carne de la muñeca estaba desgarrada, evidentemente cortada por un gran pedazo de vidrio.
Le echó un vistazo y, con tranquilidad, tomó el yodo del botiquín para desinfectar la herida, limpiando la sangre alrededor de los dedos.
Mauricio bajó la cabeza ligeramente, observando a la mujer mientras