Mauricio apartó con delicadeza la abundante melena de Valeria, dejando al descubierto la esbelta curva de su cuello.
La blancura de su piel llamó de inmediato su atención, y en esos ojos, antes indiferentes, brotó un destello de deseo. Sin resistirse, se inclinó y depositó un cálido beso en su piel.
Valeria se sintió desarmada, incapaz de seguir cambiando las cuerdas de su violín. Con cierta torpeza, buscó su celular y lo desbloqueó.
[¿Me dejas terminar de cambiar las cuerdas? Además, acabo de c