XIII

Segunda parte

Una cálida luz acaricia mi rostro y me insta a abrir los ojos. Me incorporo como puedo y, con esfuerzo, me dedico a mirar mi alrededor. Reconozco las paredes de un azul claro desgastado. Mi mirada esta vez se centra en mis manos, que están vendadas. La tela blanquecina está manchada por la sangre seca. Pestañeo y vuelvo a observar el techo. La bombilla parpadea y parece intensificar su luz. Suspiro.

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