Recibo una llamada de mi jefe de seguridad porque se han ido unos hombres y no han vuelto, de camino a casa me confirman que ella no está. Solo puedo pensar en un nombre: Giacomo.
—Maldición, no pueden ser tan inútiles.
—Lo siento, señor, no sé cómo pudo pasar.
—Búsquenla, revisen las cámaras, necesito sabes desde cuando no está.
Han pasado dos meses y una semana desde que la dejé encerrada en casa, apenas como y siento asco de mí, de la forma en la que he actuado, pero no puedo dejar que ella