—¡Yo también! —exclamó mi hermano con entusiasmo, uniéndose al abrazo.
Sentí su calor envolverme, un calor que no recordaba, pero que de alguna forma me resultaba familiar. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho mientras lo miraba con desconcierto.
Cuando sus dedos se deslizaron suavemente por mi cabello en una caricia fraternal, un escalofrío recorrió mi espalda.
—Te extrañé, hermanita —susurró con una sonrisa que parecía sincera, pero que no lograba borrar mi confusión.
Intenté responderle c