Me senté en el asiento trasero con las manos entrelazadas sobre el regazo, mirando fijamente el teléfono. La pantalla permanecía apagada, aunque la revisaba repetidamente como si, de alguna manera, un mensaje suyo pudiera aparecer en cuanto dejara de mirar.
Cuando pasamos el letrero de Los Ángeles, mi pulso se aceleró. Me incliné un poco hacia adelante, agarrándome al asiento de delante.
—Harold. —Ese era el nombre del conductor.
—¿Sí, señora? —respondió.
—Antes de irnos a casa… quiero ver a mi