Aún podía oír el eco de sus pasos, que aún resonaban en el pasillo mucho después de que Ace se hubiera ido. Me quedé paralizada, con los brazos cruzados contra el pecho y el pulso martilleándome los oídos. No podía quitarme sus palabras de la cabeza, como si se repitieran en mi mente sin parar.
Quería estar enfadada. Quería quedarme allí, furiosa, y decirme que no era más que arrogante, imprudente e imposible de tratar. Pero en lugar de eso, me di cuenta de que mis pies avanzaban.
Antes de darm