El amanecer en Washington fue recibido por Luke con los ojos abiertos, sentado en una incómoda silla junto a la cama de Jane. No había querido dejarla sola ni un instante. La habitación era silenciosa, apenas interrumpida por el suave pitido de las máquinas que monitorizaban su estado.
Jane seguía dormida, pero su rostro se veía más relajado que el día anterior. La fiebre había bajado ligeramente, y su respiración era más profunda y rítmica. Era una señal mínima, pero suficiente para llenar e