Te lo prometo, Luciana, pensó con el corazón apretado. Voy a protegerte de esto, cueste lo que cueste.
El sonido de su teléfono vibrando sobre la mesa fue lo único que rompió el tenso silencio en la oficina. Alejandro, que había estado mirando su reflejo en la ventana, no necesitaba ver el número en la pantalla para saber quién estaba llamando. La amenaza de Ernesto Figueroa había sido solo el principio, y ahora, los primeros pasos hacia su caída comenzaban a materializarse.
Tomó el teléfono, y