48. Como la seda.
Llego a mi apartamento, cierro la puerta tras de mí y dejo caer mi abrigo en el respaldo de una silla. La calma de la noche me envuelve, pero no hay alivio. Solo una sensación de vigilancia constante, una consciencia de que la caída de Vicente ha sacudido más de un árbol, y quienes estaban al acecho ahora pondrán sus ojos en mí.
Me sirvo una copa de vino y me dejo caer en el sillón. Afuera, la ciudad sigue viva, ajena al drama que se acaba de desarrollar en las colinas. Para ellos, nada ha camb