20. Sin siquiera levantar un dedo.
El silencio en el coche es denso, casi tangible. Vicente me mira con esa mezcla de furia y deseo, su mano aún en mi cintura, como si no quisiera soltarme. Y, a decir verdad, tampoco lo hará. No mientras siga obsesionado conmigo. Lo más irónico de todo esto es que, cuanto más intenta controlarme, más se enreda en su propia trampa. Yo siempre tengo la ventaja, aunque él se convenza de lo contrario.
El coche se detiene frente a mi apartamento. Vicente no dice nada, pero su mano se aferra a la puer