19. Es él mismo.
Ahí está, sentado en silencio, como una sombra de furia contenida. Vicente me mira, y puedo sentir la tensión en su mandíbula. No ha dicho una palabra, pero todo en su postura grita lo que está sintiendo. El aire está cargado de esa energía que siempre hay entre nosotros: deseo, rabia, obsesión. Todo mezclado en un cóctel peligroso.
—¿Estás disfrutando de esto? —me pregunta, con esa calma gélida que es más aterradora que los gritos.
—¿De qué estás hablando? —le respondo con una sonrisa tranquil