158. No tienes que decir nada.
Nos quedamos allí, frente a frente, sin palabras, pero con demasiadas cosas que decir. Vicente sostiene mi mano, y en ese pequeño gesto se esconde un torbellino de emociones. Él ha sido todo: mi protector, mi traidor, mi salvador. Y, sin embargo, aquí estamos, en el mismo punto de siempre, pero más cerca del abismo que nunca.
—Tenemos que movernos ya, —me dice en voz baja, pero firme. "Moverse". Como si fuera tan fácil dejar atrás todo lo que ha pasado.
—¿A dónde? —le pregunto, aunque ya sé que