145. Sentirme viva.
La noche es oscura, más de lo habitual. Las luces de la ciudad apenas logran perforar la densa bruma que se ha apoderado de las calles. Vicente y yo caminamos rápido, en silencio, hacia su auto aparcado a unas cuadras del apartamento.
—Dime algo, Vicente, —rompo finalmente el silencio mientras mis tacones resuenan en el pavimento—. ¿Cuántas veces has hecho esto antes?
—¿Esto? —pregunta, con una sonrisa que apenas ilumina su rostro bajo la sombra de las farolas. Esa sonrisa. La que oculta más de