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Guardé las medicinas en el cajón más profundo del mueble, justo detrás de unos documentos antiguos que sabía que nadie tocaría. Cerré con cuidado, como si ese simple gesto pudiera sellar también la preocupación que comenzaba a instalarse en mi pecho.

Respiré hondo.

No era grave.

Eso fue lo que dijo la doctora.

No era grave, pero tampoco era algo que pudiera ignorar.

El estrés.

El agotamiento.

La presión constante.

Todo eso, acumulado, había terminado por pasar factura.

Me apoyé contra la pared
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