En el instante siguiente, Carlos cayó de rodillas, temblando, y me estrechó entre sus brazos.
El rey alfa, quien jamás se había arrodillado ante nadie, ahora no parecía importarle nada. Solo tenía ojos para mí, que poco a poco me desvanecía en espuma.
Sus brazos se cerraron con fuerza, como si pudiera evitar lo inevitable.
—Marina... tú solo estás fingiendo estar débil, ¿sí? No pasa nada, ¿verdad? —su voz se quebraba con cada palabra.
No quise responderle, ni pude hacerlo. Mis labios ya habían d