El ataque llegó dos días después, en el lugar más inofensivo: la cafetería ejecutiva del piso 38.
Olivia estaba haciendo fila para un té verde, tratando de despejar la niebla de una mañana de reuniones interminables. El aroma a café caro y pasteles recién horneados llenaba el aire. Era un espacio neutral, público, seguro.
O eso pensó.
—Olivia. Qué coincidencia.
La voz era suave, melosa. Olivia se volvió y encontró a Isabella de pie detrás de ella, sosteniendo una taza de espresso vacía. Vestía