Laura observaba el tablero.
Siempre lo hacía así: con paciencia, con distancia, como si las personas fueran piezas que podían moverse con precisión. No reaccionaba impulsivamente —al menos no cuando estaba pensando con claridad—. Analizaba, esperaba, estudiaba los gestos mínimos.
Y algo había cambiado.
Tomás y Mateo llevaban días sin hablarse.
Eso ya era un dato interesante.
Pero lo más revelador era Tomás. Hace apenas unos días estaba distinto: más ligero, casi esperanzado. Había una energía