CAPITULO 7

En la oscuridad no parecía importar,

que casi todas las respuestas fueran absurdas.

RICK

Me contuve de salir a confrontarlos de inmediato y con un temple que no supe de donde salió, respiré hondo y saqué mi móvil del bolsillo de mi chaqueta.

Encendí como pude el aparato y di unos pasos más hasta que estuve cerca de la puerta entreabierta. Pulsé sobre el icono de la cámara y encendí el grabador de video mientras ellos seguían discutiendo.

Ese no es mi asunto, Em. Entiende que ya no puedo seguir con esta farsa y además, es peligroso para la salud de la niña; ¿acaso no te importa lo que ocurra con ella? ¿No tienes miedo de que un día ya no despierte?

Scott se oía desesperado pero eso no me tentaría el corazón para no incriminarlo en este asunto.

—¡Por Dios, Scott! Eso no sucederá, tú no lo permitirás. Además, ¿qué de malo le haría a Erín una simple medicina para dormir? Estás hablando desde el miedo.

Lo lamento, pero ya no seguiré con esto y mañana mismo, dejaré de suministrarle la medicina, antes de que Richard sospeche. La niña despertará, su padre se pondrá feliz y todo terminará como si nada hubiera pasado nunca.

Zanjó Scott y abrió del todo la puerta con brusquedad, topándose de lleno conmigo.

Su semblante se desencajó y palideció al extremo, sin saber qué decir. Fijó sus ojos en mi mano y de inmediato guardé el móvil en mi bolsillo. Negó con la cabeza, demostrando arrepentimiento con su mirada, pero ya era demasiado tarde. Mi cuerpo temblaba y sin poder detener mis impulsos, lancé un puñetazo directo a su rostro. Scott cayó al piso y Emily salió de prisa a ver qué estaba pasando.

Cuando me vio, pareció como si hubiera visto al mismísimo diablo, y es que en ese instante, ella supo perfectamente que me convertiría en la mayor de sus pesadillas.

—Richard… —musitó apenas, paralizaba al lado de Scott que no se atrevió a ponerse de pie—. ¿Qué has oído? —preguntó temerosa y fruncí los ojos.

—Ha oído todo, Em. Y además, ha grabado toda la conversación —replicó Scott desde el piso. Emily lo vio sorprendida y luego fijó su mirada llorosa en mí.

—Richard… por favor, tienes que escucharme —suplicó y cerré los ojos tragando con fuerza, mientras avanzaba hacia ella quien retrocedió varios pasos.

Sin decir nada, pasé por su lado e ingresé a la habitación, mirando con dolor a mi hija. Le arranqué la vía del brazo y tiré de todos los cables que tenía pegados al pecho.

—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó Emily.

Sin prestarle atención, solo cargué a mi hija entre mis brazos y comencé a caminar en dirección a la puerta. Emily se interpuso y me detuve por unos segundos en los que la miré amenazante. Sin embargo, no demostró intención de hacerse a un lado, por lo que retomé mis pasos y la empujé con el codo y el brazo, para no soltar a mi pequeña. Emily chocó contra la pared y me vio con incredulidad.

—¡Te juro que esto no se quedará así, Emily! Aunque se me vaya la vida en conseguirlo, te prometo que pagarás por todo el daño que has causado —advertí furioso, mientras Emily entornaba los ojos.

—No puedes llevarte a mi hija —musitó—. ¡No puedes llevarte a Erín de aquí! Soy su madre, su tutora legal, no tienes ningún derecho —bramó enloquecida y sonreí con ironía.

—Mírame hacerlo. Toma tu mejor asiento y veme hacer todo para que te pudras en una cárcel y no la vuelvas a ver jamás. ¡Estás loca! Estás completamente loca y no mereces que nadie te llame madre.

Di unos pasos para salir de aquel lugar, pero sus palabras me detuvieron.

—¿Crees que lo lograrás? ¿Piensas que un juez le creerá más a un hombre que abandonó a su hija por estar corriendo tras las faldas de una niña? —lanzó con malicia y volteé a mirarla—. Estás muy equivocado si crees que lo conseguirás tan fácilmente. Soy su madre y en cuanto a Erín le pregunten con quien desea quedarse, ¿crees que te escogerá a ti?

—Realmente no estás bien de la cabeza —negué decepcionado—. ¿Piensas que me limitaré a quitarte a la niña? ¿Crees que dejaré esto así como así y pelearé contigo solo por la custodia? ¿Acaso no has terminado de conocerme, Emily?

La vi temblar mientras presionaba sus manos en puños y respiraba agitadamente.

—No tienes pruebas en mi contra… —se limitó a decir.

Sin ganas de perder mi tiempo con esa mujer, volteé y seguí caminado con la clara intención de marcharme. Cuando pasé cerca de Scott, quien se había incorporado y limpiaba su quijada, me detuve para verlo con frialdad.

—Lo siento mucho, Richard. Te juro que yo no sabía nada hasta que llegaste y Emily…

—¡Cállate, Scott! —lo interrumpí—. Es mejor que busques un buen abogado porque te juro que no descansaré hasta que pierdas este lugar y tu licencia. Confié en ti, siempre te he tratado como a un hermano y me has decepcionado profundamente. No mereces que nadie ponga su salud y su vida en tus manos.

Scott bajó la mirada y yo solo seguí mi camino con prisa hasta el elevador. Sin embargo, recordé que mis cosas personales las tenía en una habitación un piso más abajo y que sin mis documentos tendría muchos inconvenientes.

Bajé hasta el quinto piso y al salir al pasillo me encontré con una enfermera que me vio sorprendida.

—¿Necesita ayuda, señor? —indagó mirando a la niña, vestida con una bata del establecimiento.

—Necesito que me acompañe hasta la habitación ciento nueve, es urgente —respondí y la enfermera asintió, caminando con prisa mientras yo la seguía.

Abrió la puerta del cuarto y esperó a que yo ingresara, cosa que no pensaba hacer.

—¿Puede traerme el bolso que está sobre aquella mesa? —pregunté y la mujer caminó hasta dentro, tomó mi equipaje de mano y lo trajo hasta mí.

—¿Es su hija? —indagó y asentí—. ¿Se la llevará de la clínica? ¿Se encuentra bien?

—Me la llevaré ahora mismo y le recomiendo que renuncie a esta clínica, si no quiere complicar su carrera y perder su licencia.

La mujer me vio extrañada sin comprender. A pesar de no entender mis palabras, dejó mi bolso en el piso, regresó dentro de la habitación y luego de unos segundos, salió con una manta que colocó sobre Erín.

—Afuera hace frío —tomó de nuevo mi equipaje—. Lo acompañaré hasta la salida, señor, y ordenaré un taxi para que se pueda marchar.

Asentí con desconfianza y la seguí hasta el elevador. Cuando llegamos a recepción, la mujer solicitó que pidieran un taxi y me acompañó hasta fuera cuando el mismo llegó.

—Espero que su hija mejore, señor. Mucha suerte —asentí con la cabeza mientras me metía en el interior del coche con Erín entre mis brazos.

—Gracias —musité y cerró la puerta.

—¿A dónde lo llevo, señor? —indagó el chofer.

—Necesito que me lleve a la mejor clínica de la ciudad —respondí y el hombre volteó su rostro para verme confundido.

—Estamos frente a ella.

—Entonces lléveme a otra de las mejores —repliqué y miró a Erín de reojo.

—Está bien.

*** 

El coche se detuvo frente a un enorme establecimiento color ladrillo, cuyo tablero enunciaba Hospital Great Ormond Street y pagué el viaje. Ingresé desesperado por la entrada de Urgencias y de inmediato fuimos atendidos.

Mientras me hacían unas preguntas de rutina, subieron a Erín en una camilla y se la llevaron, pidiéndome que los siguiera. La ingresaron a una habitación y un médico entró al lugar de prisa mientras las enfermeras se hacían a un lado. Les realizó algunas preguntas que le respondieron en el acto mientras revisaba los ojos de Erín y para luego controlar los latidos de su pecho.

Frunció el ceño extrañado y luego volteó a mirarme.

—¿Usted es el padre de la niña? —afirmé con la cabeza y suspiró—. ¿Sabe que la niña solo está dormida?

—Acabo de enterarme —respondí con seguridad y enarcó una ceja.

—Colóquenle a la niña una vía intravenosa con solución fisiológica y trasládenla a una sala en el área de pediatría —ordenó a las enfermeras—. Acompáñeme, por favor. Necesito hacerle algunas preguntas —indicó y lo seguí hasta su consultorio—. Pase y cierre la puerta —pidió, mientras bordeaba su escritorio. Señaló la silla frente a él y tomé asiento—. ¿Quiere explicarme qué le ocurrió a su hija?

Metí mi mano en el interior de mi chaqueta y saqué el móvil. Lo encendí, puse el video que había grabado y se lo tendí.

El médico miró en silencio y con atención la pantalla, para oír la conversación de fondo. Luego negó con la cabeza y suspiró hondo.

—Jamás creí que un hombre como Scott Collins, se prestaría a semejante atrocidad —me devolvió el aparato.

—¿Lo conoce?

—Fuimos compañeros en la universidad —explicó—. Fue un buen compañero y un excepcional estudiante, uno de los mejores sin dudas. Además, siempre ha sido una muy buena persona. No me explico cómo pudo caer tan bajo.

—Nunca terminamos de conocer a las personas —acoté, guardando el teléfono—. Necesito un informe completo del cuadro clínico de mi hija, doctor. Pueden realizarle todas las pruebas necesarias que crea conveniente; es importante para mí descartar que pueda tener alguna secuela por los medicamentos que le han suministrado —expliqué con preocupación y el médico asintió.

—Estoy seguro que no habrá consecuencias, pero de todos modos, será necesario para que usted pueda iniciar acciones legales en contra de la madre de la niña. Asumo que eso hará.

Afirmé con la cabeza.

—Estoy dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias en contra de esa mujer.

—Las mujeres despechadas son un peligro —bufó, negando—. Por cierto, soy el doctor Andrew Farrell y puede contar conmigo para lo que haga falta.

—Gracias, doctor. Por lo pronto, buscaré un abogado para iniciar una demanda en contra de la madre de mi hija.

—¿Y el doctor Collins?

—Aunque no hubiera querido involucrarse, lo hizo, y además, fue quien tuvo a mi hija durmiendo por dos semanas. Si no presento una demanda en su contra, de todos modos se verá involucrado —expliqué y asintió.

—Comprendo —abrió el cajón de su escritorio buscando algo. Luego lo volvió a cerrar y me tendió una tarjeta—. Es uno de los mejores abogados de Londres; puede llamarlo y decirle que le habla de mi parte para que lo atienda de inmediato.

—Gracias, doctor —musité, tomándola y leyendo la inscripción que decía James Williams, Abogado penalista.

—Es bastante tarde y seguramente está cansado. Puede dormir en la misma habitación que la niña y ya mañana, más tranquilo, puede ocuparse de todos sus asuntos.

—¿Cuándo despertará mi hija?

—Mañana en la tarde a más tardar, ya estará despierta, pero no lista para marcharse. Deberá reponerse, alimentarse y recuperar su coordinación motriz.

—Está bien —me puse de pie para ir con Erín—. Y nuevamente, gracias.

—Es mi trabajo.

—No escatime en gastos que el dinero no es problema; solo quiero que mi hija se recupere.

—No se preocupe —respondió, tendiéndome su mano. Le devolví el gesto y luego me marché.

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