Fue idílico estar otra vez entre los brazos de mi enamorado, porque Waldo me hizo estremecer con sus besos y caricias, con su pasión infinita y al fin pude sentirme de nuevo la mujer más sensual del mundo, mientras él continuaba explorando mis valles y quebradas y mis redondeces apetitosas, desatando mis cascadas.
Mi cabeza se llenó de rayos y truenos y percibí miles de descargas eléctricas remeciéndome hasta el último átomo de mi deliciosa humanidad, convertida en objeto del deseo de