En ese mismo instante que Waldo me confesaba que era un licántropo, su pelaje se fue emancipando, haciéndose más oscuro y tupido. Waldo era muy velludo, todo su cuerpo estaba alfombrado de vellos, pero ahora los se habían tornado más densos. Su hocico se fue alargando de repente y sus colmillos que me habían impactado sobremanera, ahora eran más filosos y largos, sumamente intimidantes. Sus brillos, incluso colmaron el comedor de mi casa y vi también sus garras que se abrían paso en sus ded