No sé por qué pero empecé a pensar que la doctora Evans sospechaba de que yo era una mujer lobo. Me miraba con atención, fisgoneaba mis ojos, reía de mi sonrisa tímida y dubitativa y tamborileaba su pupitre con el lapicero que sujetaba en las manos. esa mujer era bastante persuasiva, en realidad. De pronto yo me sentía arrinconada contra la pared.
-¿Una mujer lobo es noble, sencilla, romántica, tonta, quizás?-, quise describirme sin que la doctora Evans se diera cuenta de que hablaba de y