El piloto de la unidad móvil del diario se agachó y Cummings, que iba adelante, como copiloto, quedó aterrada, anonadada y estupefacta, viendo a Neagu abriendo la puerta de nuestra camioneta, apuntándome a la cabeza y jalando mi brazo para sacarme a la fuerza. Fue en ese preciso instante que reaccioné. Creo que fue el instinto propio de los lobos. Los licántropos se alzan y se empinan al peligro, aflora, entonces, su sexto instinto de conservación. Con la cámara que me había dado Cummings le di