La teniente Rebeca Harrison no era tonta. Ella había estado sumando todas las evidencias en torno a los tipos muertos, hechos jirones y convertidos en cuartos. Siempre estuvo convencida, primero, que no era una sola fiera la que asolaba la ciudad sino varias bestias que se ensañaban de sus víctimas. Segundo, adivinó que todos esos tipos fueron muertos porque les eran un peligro a las bestias esas. Tercero, ella le había creído a la doctora Evans en el sentido que las bestias eran en realidad