El enfrentamiento con James era inevitable. Nuestras armas estaban listas, cada uno apuntando al otro, y la tensión se podía cortar con un cuchillo. La oscuridad de la mansión añadía un peso extra a la atmósfera, convirtiendo el escenario en algo sacado de una pesadilla. Mi respiración era lenta, controlada, pero el latido de mi corazón resonaba con fuerza, un recordatorio constante de lo que estaba en juego.
James me observaba con una expresión de calculada calma, como si ya hubiera anticipado