Isabella despertó la mañana siguiente sintiéndose como si hubiera estado en una pesadilla. “¿De verdad me casé?” se preguntó, mirando a su alrededor en su habitación decorada con flores y luces. La realidad la golpeó con fuerza: había sido un matrimonio por conveniencia, un contrato que la ataba a una vida que no había elegido.
Se levantó de la cama y se miró en el espejo. “Soy Isabella Korsakov,” murmuró, sintiendo que el nombre le pesaba como una carga. “No puedo creer que esto esté pasando.”