Una sonrisa, detras de la tristeza.
Cuando llegó a su casa, el lugar que Isabela había decorado con tanto amor, sintió que el aire se volvía pesado. Cada rincón de esa casa era un recordatorio de ella: los colores cálidos, los muebles elegantes pero acogedores, los pequeños detalles que reflejaban su personalidad creativa. Diego se dejó caer en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos. “Isabela… mi Bella…”, murmuró, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con brotar. Su corazón estaba roto.
Sin embargo, sabía que debía ser fue