Después de ayudar a Sabrina a ducharse, Francisco cambió las sábanas y las fundas de almohada empapadas de sudor, luego la sacó en brazos.
Sabrina se sentía mucho mejor, aunque le faltaban fuerzas en el cuerpo.
Francisco la cubrió con una manta y acarició su rostro, que ya no era tan pálido.
—¿Debería llamar al médico para que te examine de nuevo?
—No es necesario.
Ya se sentía bien.
Había pasado el momento más doloroso; ahora solo necesitaba descansar un poco.
Sabrina agarró la mano de F