Darío echó un vistazo a las cosas puestas sobre la mesa, y aunque estaba un poco conmovido, siguió hablando: —No hace falta, gracias.
—Usted es el abuelo de Sabrina. Es mi honor. —dijo Francisco.
Darío se burló: —¡No lo quiero!
—Abuelo. —Sabrina se abrazó al brazo de Darío.
Al ver a su nieta, Darío se volvió más amable, diciendo: —Sabrina me dijo que tienes algo que decirme, dilo, ¿qué es?
Francisco miró a Sabrina, luego se puso recto y habló con sinceridad: —Señor, en realidad vine hoy a p