Génesis no despertaba y empezaba a preocuparme de verdad.
—¡Génesis! ¡Génesis! —Leyla se arrodilló en donde me encontraba con Génesis.
—¡Voy a levantarla! —indiqué. Pasé una de mis manos debajo de sus rodillas y la otra en su cuello, la levanté y la llevé hasta el sillón. —¡Despierta! —¡Vamos, reacciona! —Me sentía tan impotente; solo de pensar que no volvería a ver sus ojos negros, imaginar que la podría perder, sentiría que mi corazón también dejaría de latir.
Me volvía tan ridículo cuando