Adonias
Desperté con la cabeza partiéndome en dos y la certeza de que había hecho algo imperdonable.
Otra vez.
La habitación no era mía. Paredes blancas, cortinas baratas, un televisor apagado frente a la cama. Hotel. Otra vez un hotel. Con el mismo olor a sábanas lavadas y la misma luz que entraba por una ventana que no reconocía.
Estaba desnudo. Y a mi lado, boca abajo, con la espalda descubierta y el pelo desparramado sobre la almohada, estaba Mía.
Cerré los ojos. Los abrí. Seguía ahí. No er