Valentina
Adonias me tomó de la mano frente a la puerta de su casa y me dijo que solo sería una cena normal. Le creí. No debí creerle.
Estaba hecha un manojo de nervios, Adonías me invitó a celebrar el cumpleaños de su abuelo Matias.
Habían pasado días desde la noche que Adam durmió en mi casa. Y algo había cambiado en él. Ya no aparecía en la cafetería a robarme papas fritas. Ya no me llamaba cuñada con esa sonrisa torcida. Ya no buscaba excusas para cruzarse conmigo en los pasillos. Ahora so