Deivyd
Mara me sirvió un vaso de agua que yo no había pedido pero que necesitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Su consultorio no parecía un consultorio. Era un departamento pequeño en el centro de Sídney, con un sofá cómodo.
—Llevas tres sesiones diciéndome lo mismo, Deivyd —dijo, sentándose frente a mí, era mi Psicóloga, la culpa no la soportaba y necesitaba desahogarme con alguien que no me juzgara—. Que la amas. Que no puedes dejarla. Que la culpa te come vivo. Y que mañana vas a