Noha
Leyla se bajó del auto y caminó hasta la entrada de su edificio con esa manera de moverse que yo no me cansaba de mirar. Se giró antes de entrar, se recargó en el marco de la puerta y me miró con una sonrisa que contenía los últimos cinco días de Italia en cada curva de sus labios.
—¿A qué hora vienes por mí? —preguntó.
—A las ocho. Reservé un restaurante.
—¿Restaurante? Pensé que dijiste cenar y hacer muchas otras cosas más. ¿Eso incluye postre?
—Incluye todo lo que quieras, Leyla.
—¿Todo