GÉNESIS
—Hola, mi gorda bella.
Me quedé muda.
Sentí que el aire se me quedaba atrapado en la garganta, como si mi cuerpo no supiera si gritar, llorar o salir corriendo. Lo miré por el retrovisor y mi mente se negó a aceptarlo.
Era Ethan.
De verdad era Ethan.
—E… Ethan… —tartamudeé, como una tonta.
Él no apartó la mirada del camino, pero su boca se curvó apenas, como si mi voz le hiciera algo.
—Sí —respondió tranquilo—. Soy yo.
El pánico me golpeó de golpe.
—¡Detén el auto! —ordené, llevándome u