Hesy cambió su curso, dirigiéndose hacia las afueras, hacia el oeste, donde se extendía la vasta necrópolis de Giza. La Ciudad de los Muertos, con sus tumbas y mastabas, era un laberinto de piedra y sombra, un lugar que pocos se atrevían a visitar de noche. Pero para Hesy, era el santuario perfecto. Un lugar donde los vivos rara vez se aventuraban, y donde los secretos podían ser enterrados con seguridad.
El aire se volvió más frío a medida que se adentraba en la necrópolis, cargado con el polv