Carlos acompañó a Clara hasta su apartamento, mostrando la inocencia de un joven y la cortesía de un hombre adulto.
Abrió personalmente la puerta del coche y le puso una bufanda nueva que acababa de comprar alrededor del cuello de Clara.
—No hace falta, no tengo frío.
—Es nueva, las chicas deben cuidarse del frío. —explicó él.
—Está bien, ten cuidado en tu camino de vuelta. Gracias.
Carlos seguía sonriendo. —Las meriendas de esta noche no cuentan, hermana Clara. Todavía me debes una gran cena.
—