Aunque Clara ignoraba a Emilia, no dejaba de pegarse a ella como si fuera pegamento.
A la mañana siguiente, sonó el teléfono de Felipe. Era Emilia.
Tanto Felipe como Clara se despertaron por el ruido.
Clara se levantó con mal genio. Miró fijamente a Felipe y le dijo con fiereza:
—¡Irás al infierno por interrumpir el sueño de alguien! Contesta afuera.
Felipe no respondió. Se limitó a declinar la llamada.
A sus ojos, Emilia significaba ahora menos para él que Clara.
Como mucho, a Clara sol