La señorita Rojas abrió los ojos con asombro, sin saber qué decir. Los demás se quedaron atónitos. Incluso las vendedoras de la boutique parecían perplejas. Si bien estaban acostumbradas a tratar con clientes adinerados, nunca habían visto a alguien tan extravagante como Clara.
La gerente de la tienda se acercó personalmente y, con cautela, preguntó:
—Señorita, lamento la confusión anterior. ¿Desea ver estos relojes o los quiere comprar todos?
Clara respondió con determinación:
—Los quiero c