Abandono la habitación, refunfuñando y despotricando por la interrupción. Con zancadas rápidas y violentas, propias de un niño malcriado, bajo las escaleras y me dirijo hacia mi despacho. Cierro de un portazo al entrar. Levanto el teléfono y contesto hecho una furia.
―¿Cómo te atreves a llamarme a esta casa?
Espeto con las sienes palpitando y la ira incrementándose a medida que avanzan los segundos.
―Lud, yo, yo…
Elevo la mano y me aprieto el puente de la nariz.
―¿Qué carajos quieres, Perla