Ingresamos a mi oficina después de dejar a las chicas conversando y poniéndose al día con sus vidas.
―¿Te dije alguna vez que eras un maldito hijo de puta?
Sonrío divertido al acercarme al bar. Giro la cara y lo miro por encima de mi hombro con cara de circunstancia.
―No sé a lo que te refieres, Robert.
Una sonrisa cínica tira de las esquinas de mi boca.
―No eres un tipo altruista, imbécil, sé que tu intención no era hacer feliz a mi mujer con la aparición de su mejor amiga ―sirvo dos vasos con