―Lo siento ―indica, Massimo, antes de levantar a la chica como un saco de papas y arrojarla sobre su hombro―. La fiebre la está haciendo desvariar.
Todos miramos, desconcertados, la escena.
―¿Qué estás haciendo, bruto? No estoy desvariando ―se queja la chica al volar por los aires―. Nunca he hablado más serio en toda mi vida.
Massimo ignora sus reclamos, mientras abandonan la habitación.
―Te prometo que te amarraré a la cama si no dejas de decir tonterías.
La escena me parece surreal. ¿Qué acaba