Una vez que Isabella se queda dormida, salgo de la habitación y me detengo en el corredor. Me paso las manos por la cara y meso mi cabello con impotencia.
―¿Qué demonios estoy haciendo?
Una voz responde a la pregunta que me hago a mí mismo, tomándome por sorpresa.
―Lo mismo me he estado preguntando, Massimo ―suelto un suspiro de resignación―. ¿Cómo se te ocurre ponerle el mismo nombre de mi hermana?
Miro a ambos lados del pasillo y me aseguro de que no haya nadie en los alrededores que pueda esc